Opinion

Luchar contra el cáncer... infantil

Osvaldo es un niño de apenas siete años, edad en que cualquier niño, en situación normal, sólo se ocuparía de la escuela, de jugar y atender la educación que le brindan sus padres; pero su realidad es otra, pues tiene que concentrar pensamiento, corazón y alma en un solo objetivo: vencer la leucemia, sí, el cáncer que lleva en la sangre desde hace casi un año.

Pudiéramos decir que se trata de una persona, un niño enfermo más, una estadística; pero su caso, uno entre miles que hay en el mundo, afecta de entrada a su entorno familiar, a su comunidad e incluso a la matrícula escolar, pues no acude a clases porque tiene que recibir su tratamiento, quimioterapia incluida.

Para ser atendido, Osvaldo tiene que ser trasladado desde el municipio de Ometepec, en la Costa Chica, hasta el Instituto Estatal de Cancerología, de Acapulco, siempre acompañado de su señora madre, Fidela Aristeo García, quien cada día tiene que sacar fuerzas desde lo más profundo de su ser para dar ánimos a su hijo y para brindarle ese amor que sólo ella puede proporcionarle.

“Mi hijo comenzó con fiebres, con moretones, con dolor de cabeza, y fui a recogerlo a la escuela, y tenía sus síntomas; me lo llevé, le hice estudios, y me mandaron a Cancerología, en donde me dijeron que era leucemia”, relata Fidela mientras abraza, amorosa, a su vástago.

Si una simple gripe o resfriado, que nos impide efectuar nuestras actividades cotidianas de manera normal, podría hacernos desembolsar entre 500 y mil pesos si acudimos a un médico particular, los gastos para un enfermo de cualquier tipo de cáncer se elevan de manera alarmante.

Son gastos que una familia de escasos recursos difícilmente podría sufragar: medicinas, aplicación de quimioterapias, transporte desde lugares apartados, hospedaje, etcétera. A esto debemos agregar que el familiar o los familiares que se encargan de atenderlo, llevarlo y traerlo, dejan sus actividades cotidianas, incluso sus empleos.

Para fortuna de la familia de Osvaldo, en medio de esta desgracia, la carga ha sido menos pesada de lo que podría ser, porque en su camino se encontraron con la Asociación Mexicana de Ayuda a Niños con Cáncer (Amanc), con sede en Acapulco, institución de asistencia privada que les proporciona gratuitamente alimentación, hospedaje, transporte, ayuda sicológica y banco de medicamentos.

“Es una batalla difícil, nos la pasamos luchando, pero si no existiera Amanc, tuviéramos muchos más problemas; mucho gasto, pues, pero gracias a Dios que Amanc está aquí para ayudarnos, para salir adelante”, dice Fidela con un rayo de luz en el rostro, la luz de la esperanza y el agradecimiento a quienes le hacen la carga menos pesada.

Amanc Guerrero está por emprender una campaña para allegarse de recursos para poder ayudar a más niños y sus familias que están pasando por el mismo calvario que Osvaldo; son pequeños donativos que hacen la gran diferencia; son de esas inversiones aprovechadas para hacer el bien; sí, son inversiones en la salud y la esperanza, no son gastos.

También comenzará en breve un programa que ayude a las familias a detectar los síntomas que podrían estar alertando sobre la posibilidad de que el cáncer esté tocando sus puertas, por lo que se requiere la atención inmediata que salve. Sí, Amanc quiere apostarle a la prevención, más que a la curación tardía, porque quiere salvar más vidas.

Osvaldo llegó a Amanc cuando tenía seis años de edad; nueve meses después sigue luchando por su vida de la mano de su familia y de Amanc.

“Mientras lo tenemos internado nos dan comida y un lugar para dormir, y aquí seguimos; cuando la cita es larga, nos vamos a la casa y regresamos después a Amanc, que es como nuestra casa, y aquí estaremos hasta que el niño termine su tratamiento; Amanc nos apoya, y tenemos menos gastos; aparte de la comida y el hospedaje, nos apoyan para el transporte y medicinas”, expresa Fidela con singular emoción.

Lamenta que su hijo no vaya a la escuela porque sus recaídas son sorpresivas e imprevistas; con la aplicación de la quimioterapia ha ido mejorando; a veces juega, pero a veces se la pasa acostado, con mucho sueño, pero poco a poco va luchando. Así transcurre su vida.

“Vamos a ganar la batalla, tenemos la esperanza de salir adelante”; son palabras de una madre que indican que no dejará de luchar por su hijo y contra ese cáncer que amenaza con arrebatar su vida.

Sí, todos somos Osvaldo; porque todos estamos en riesgo de padecer, mediante un hijo, sobrino, etcétera, la enfermedad y todo lo que conlleva en detrimento de la familia. Todos estamos en ese riesgo, pero también podemos ser ese Ángel de la Guarda como es Amanc, ese ángel que aporta, ese ángel que ayuda, que da parte de sí, que es solidario y empático con el dolor ajeno.

ARTÍCULO ORIGINALMENTE PUBLICADO POR EL AUTOR EN LA JORNADA GUERRERO

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